viernes, 28 de agosto de 2015

Neurociencias, aprendizaje y neuroeducación.

El neuroaprendizaje es una disciplina que combina la psicología, la pedagogía y la neuropsicología para explicar cómo funciona el cerebro en los procesos de aprendizaje.

El aprendizaje es la capacidad que tiene nuestro cerebro de adaptación a los requerimientos ambientales y a los cambios. Nuestro cerebro se desarrolla desde que nacemos hasta que morimos, en todas las etapas de nuestra vida es posible modificarlo y cambiarlo , las experiencias de la vida le van moldeando, pero el momento de mayor plasticidad y donde se producen los mayores y mas rápidos cambios es en la infancia.


jueves, 27 de agosto de 2015

Las inteligencias múltiples y la escuela inclusiva.

Culminando con nuestro itinerario sobre los saberes necesarios para la educación futura o el perfil de pensamiento que debemos educar a nuestros estudiantes agregando material sobre Inteligencias múltiples.

Recapitulando, entonces, hemos desarrollado los temas de Inteligencia Emocional, Pensamiento situacional, los Siete Saberes de Edgar Morín más un octavo: Pensamiento para el emprendimiento. Ahora, agregamos, los ocho tipos de Inteligencia según Howard Gardner. Todos estos temas los integramos según nuestra teoría, como parte de una inclusión intrapersonal, ya que se refieren a diversas competencias que debemos considerar en la misma persona desde un punto de vista integral.

Además, la teoría de las Inteligencias Múltiples es de gran ayuda en contextos de inclusión en los que se entiende que todos tenemos tantas capacidades como limitaciones y se valora a cada alumno en función de su diferencia. La apuesta de la escuela y su gran reto debe ser aprovechar esa diversidad para el enriquecimiento de cada uno y responder a las necesidades individuales eliminando todas las barreras de aprendizaje que existan para lograr un desarrollo integral.

Descarga:
  1. Las inteligencias múltiples y la escuela inclusiva 1
  2. Las inteligencias múltiples y la escuela inclusiva 2
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Imagen: recapacita.fundacionmapfre.org

miércoles, 26 de agosto de 2015

8º saber para una educación del futuro.

Para completar estas últimas entradas en cuanto se debe educar un pensamiento visto en diversas dimensiones considerando que la persona es un “ser psicofísico-espiritual”
El colegio no solo debe educar al alumno en saberes: cognitivos y procedimentales. Falta una tercera dimensión que actualmente no se tiene en cuenta: “Actitud de emprendimiento”.
Todos podemos aprender conocimientos cognitivos, algunos mejor que otros, más que otros, etc. Luego, podemos aprender a aplicar esos conocimientos en la realización de algo. Pero, falta un paso, la actitud de emprendimiento.
Vamos a poner un ejemplo desde el punto de vista de la educación religiosa. ¿Es bueno saberse la Biblia? Por su puesto que sí. ¿Pero con saberla tan solo que se gana? Se gana si ese conocimiento “se aplica” a la vida, ser bueno. ¿Pero, yo soy bueno, y mi entorno que critico por injusticias las cuales me afectan pero no hago nada? Falta un paso, comprometerme, unirme con otros y ser apóstol de lo que predico y aplico a mi vida. Esto es otra cosa y no cualquiera lo hace.
Si en el colegio aprendí muchas cosas y hacer mejor otras, como puede ser que al egresar no pueda insertarme laboralmente. Dependo de que un negocio, empresa o institución que me de una oportunidad. Vos mismo sos tu oportunidad. Esta actitud es importante para la educación futura. Y no se trata de iniciativas o emprendimientos de negocios. Sino que es válido:
  • para un profesional.
  • para un deportista.
  • para crear una Institución social.
  • para crear una Asociación benéfica, cooperativa, etc.
  • como artista.
  • para afrontar los problemas cotidianos de nuestra vida.
La voluntad, el miedo al fracaso, la desconfianza en ti mismo, enfrentarse a dificultades, etc., son obstáculos que se pueden suprimir o hacerlos más amables con la actitud emprendedora. Y esta se debe aprender desde el colegio.
Pero, ¿qué es la actitud emprendedora?
Es no aceptar tu estado, el status quo. Es una actitud de querer cambiar las cosas. Es tener un espíritu de iniciativa. Es una manera de ver el mundo. Es una manera de no quedarse en la queja fácil, de no consigo trabajo de que muchas cosas son injustas, de que nadie me da una oportunidad. Es preguntarse ¿cómo podría ser mejor? Es la voluntad de construir tu propio proyecto. Es el espíritu del niño que nunca quiso renunciar a que sus sueños se pudieran hacer realidad.
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Imagen: www.redemprendia.org

Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.

Pensamiento complejo de Edgar Morin
Continuamos en todo lo que respecta a la formación del pensamiento necesario para la educación del futuro: Inteligencia emocional, Inteligencia situacional y ,ahora, pensamiento complejo.
Esta síntesis es muy buena y es propedéutico antes de leer el libro.
  1. Las cegueras del conocimiento: el error y la ilusión
  2. Los principios de un conocimiento pertinente
  3. Enseñar la condición humana
  4. Enseñar la identidad terrenal
  5. Afrontar las incertidumbres
  6. Enseñar la comprensión
  7. La ética del género humano


Los siete saberes necesarios para la educación del futuro
Imagen: marianasolanaf.blogspot.com

Asertividad y resiliencia en la educación.

Completando lo desarrollado sobre Pensamiento Situacional consideramos dos virtudes necesarias educar para todas las situaciones existenciales de nuestra vida.
  1. Ser asertivo 
Dentro de las habilidades sociales que hay que incluir en la educación es importante destacar la asertividad como esencial en todas las facetas de nuestra vida. La asertividad es la habilidad de expresar nuestros pensamientos, sentimientos y creencias asumiendo las consecuencias y a la vez respetar la opinión de los otros.
Para ser asertivos tenemos que pensar que todo ser humano tiene derechos:
  • A expresar sus pensamientos
  • A tener opiniones distintas
  • A tener sentimientos
Sumisión--------------------Asertividad-------------------Agresividad
Para ser asertivos no debemos olvidar que tenemos derechos para expresar, sentir y actuar según nuestros principios sin agredir al resto de personas.
Es imprescindible tener confianza en uno mismo y hacer el ejercicio de ponerse en la piel del otro, porque de este modo entenderemos el punto de vista de la otra persona aunque no lo compartamos. Si a la hora de actuar nos viniera a la mente esta frase "no hagas al otro aquello que no quieres que te hagan a ti", probablemente la convivencia sería más sana.
La palabra asertividad se deriva del latín asserere, assertum que significa afirmar. Así pues, asertividad significa afirmación de la propia personalidad, confianza en sí mismo, autoestima, aplomo, comunicación segura y eficiente. En la práctica, una persona asertiva se siente con libertad para poder expresarse de la manera más apropiada y según la situación. Cuando uno se expresa libremente puede hacerle entender al otro aquello que quiere transmitir de la forma más efectiva.
Es importante tener claro que la aserción no implica ni la sumisión, ni agresividad sino que incrementa el autorespeto y la satisfacción de hacer alguna cosa con la suficiente capacidad para aumentar la confianza seguridad en uno mismo.
Mejora la posición social, la aceptación y el respeto de los demás, en el sentido de que se hace un reconocimiento de la capacidad de uno mismo de afirmar nuestros derechos personales.
La ventaja de aprender y practicar comportamientos asertivos es que se hacen llegar a los demás los propios mensajes expresando opiniones y mostrando consideración. Se consiguen sentimientos de seguridad y el reconocimiento social. Sin duda, el comportamiento asertivo ayuda a mantener una alta autoestima.
Concluyendo, la asertividad se basa en el respeto y por tanto comporta la libertad para expresarnos respetando a los demás y asumiendo la responsabilidad de nuestros actos.
  1. ¿La reacción y la adaptación a la adversidad claves para la mejora del desempeño en momentos de crisis?
Ante las situaciones negativas que cada día nos asaltan, o que se escuchan, cualquier persona puede sentirse abrumada y emocionalmente afectada, lo que sin duda influirá negativamente en su desempeño y en su vida personal.
La resiliencia supone un proceso dinámico fundado en la relación entre las personas y el ambiente en el que se viven. Es la capacidad de reacción y adaptación que se logra para ajustarse a los retos del entorno a través de una respuesta constructiva e innovadora a la adversidad. El factor clave es la presencia psicológica positiva de las personas.
Precisamente, la capacidad de la persona para desarrollarse positivamente a pesar de las dificultades, que se adapten para afrontar con éxito las adversidades y sean capaces de identificar oportunidades de crecimiento en los momentos de crisis será una de los aspectos clave del crecimiento personal y social.
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Imagen:1formadvivir.wordpress.com

Pensamiento situacional, para afrontar los problemas y aprovechar las oportunidades.

La educación de la inteligencia fue siempre el objetivo de la educación desde siempre. Desde Aristóteles se ha discernido diversos tipos de saberes, el conocimiento teórico: Ciencia, Inteligencia o Razón y Sabiduría. Y el conocimiento práctico: Arte, Técnica y Prudencia.
Sin desligarnos de estos conceptos nuestro punto de vista más que filosófico es pedagógico y nuestro objetivo es entender la inteligencia a través de objetivos educativos.
En reflexiones anteriores hemos visto la inteligencia emocional. No quiere decir que la misma es emotiva. La inteligencia es una facultad espiritual que tiene como objeto el ser. Pues bien, en este caso, para la educación, seleccionamos al sistema emocional como ámbito de ser, esta realidad son las vivencias emocionales de la persona con el objetivo de integrarlas, armonizarlas y equilibrarlas de forma orgánica. Responde a nuestra visión de la persona como ser-psicofísico” y es parte de nuestra teoría de Inclusión intrapersonal ya que integra la intelección.
La inteligencia situacional, de forma similar, es educar a la inteligencia para discernir las situaciones de vida cotidiana. No quiere decir que la inteligencia es situacional, como si fuera relativa a las situaciones que se presentan en nuestras vidas, sino que es idónea para entender su entorno existencial para dar respuesta a problemas y oportunidades.
El Pensamiento Situacional o Conciencia de la Situación es una representación mental y comprensión de eventos vividos, gentes, interacciones, condiciones ambientales y cualquier otro tipo de factores de una situación específica que puedan afectar al desarrollo de mis actividades humanas, mi comportamiento, mis decisiones y mi propia personalidad. Formulado en términos simples en la consciencia situacional, la persona educada en este tipo de pensamiento, “sabe o prevé lo que ocurre para poder discernir lo que debe hacer”. Educar este tipo de pensamiento trae las siguientes ventajas para la vida:
  1. Interpretar de la realidad situacional próxima” (visión proyectiva)
    a. como una capacidad para dar respuestas ante situaciones que pueden suceder que puedan desencadenar problemas en mi vida personal: accidentes, peligros (físicos o morales), malas experiencias y fracasos, entre otros, etc. Detectarlas a tiempo evito problemas futuros.
    b. Reconocer oportunidades que pueden sucederse o circunstancias que puedo alentar para satisfacer mis objetivos.
  2. Afrontar situaciones presentes(visión actual).
    a.De situaciones problemáticas: ¿Qué situaciones suceden en mi entorno a la cual debo dar respuesta? ¿Por qué ocurre? ¿Qué ocurrirá a partir de ahora? Los problemas existenciales si suceden debo interpretarlos y asumirlos. Ya sucedieron! y lo único que me queda es interpretarlos y decidir la mejor solución. Esta es la manera de crecer como persona. Si no lo hago, me atascado, me anulo, me acorralo existencialmente sesgando mi proyecto de vida y mi futuro queda en una encrucijada.
    b. De la misma manera, situaciones favorables que puedo aprovechar, fomentar y canalizar acurdo a mi proyecto de vida
En términos de psicología cognitiva la consciencia situacional se refiere al contenido activo del modelo mental de un humano que toma decisiones de las tareas que tiene que llevar a cabo, el propósito de la consciencia situacional es permitir una forma de tomar decisiones apropiadas y efectivas. Logrando mantener la consciencia situacional se potencia la adquisición, la representación, la interpretación y la utilización de cualquier información relevante con el objeto de poner sentido a los eventos que ocurren, pudiéndose anticipar a los acontecimientos futuros y afrontar los problemas presentes, dando la capacidad de poder tomar decisiones inteligentes y de poder mantener el control en vista a su proyecto de vida y de su propia felicidad.
Aprender contenidos es importante que aún más si estos me brindan material para discernir mi entorno existencial y dar respuestas adecuadas.
1.- ¿Cómo afrontar los problemas para vivir mejor?
a. Algunas consideraciones
Los problemas, dificultades y contrariedades que se nos presentan en la vida tienen un conjunto de características que es necesario conocer y comprender apropiadamente para interactuar con ellas. De esta manera se facilita mucho la tarea de solucionarlas.
Afortunadamente la naturaleza de los conflictos tiene una estructura, responde a una mecánica, presenta un estado y un sistema interdependiente con su entorno. Se puede conocer su dinámica puede entenderse cómo se forman, cómo se desenvuelven, qué tan graves son, cuanto pueden durar y qué daños pueden provocar. También, pueden predecirse y dan margen a la anticipación. Un problema presenta un paralelo de fuertes emociones: ansiedad, angustia, miedo.
Introducirse en el conocimiento profundo de la naturaleza de los problemas y discernirlos con inteligencia situacional es importante porque ella está comprometida nuestra calidad de vida y nuestro potencial de realización plena como personas.
b.Conozcamos algunos aspectos básicos:
En primer lugar, es importante diferenciar los problemas en sí mismos de sus causas y sus efectos. Lo primero, es decir la identificación precisa de las causas, constituye el factor principal para encontrar la solución del problema. Lo segundo, la identificación y tratamiento de sus efectos, determinará si la solución puede, o no, llevarse a cabo. El entendimiento de esta relación causal permite ser eficiente en la resolución de conflictos.
Lo primero que provoca en nosotros la aparición del problema es una reacción. Nuestros pensamientos y nuestras acciones se sitúan primero en la parte de los efectos que tiene esta relación causal. Allí se dirige la atención y los primeros esfuerzos. Habitualmente este comportamiento tiene un contenido altamente emotivo y por ello mismo confunde más la percepción integral del problema y dificulta su solución posterior. Tarde iniciamos el acercamiento reflexivo hacia el problema para visualizarlo mejor y comenzar a entenderlo y por supuesto, más tarde aún el proceso de identificación y evaluación de las causas del problema. A veces esto último no se realiza en absoluto.
Cuando llega el momento de resolver el problema, la dificultad de la tarea queda íntimamente relacionada con el carácter de las primeras reacciones y con el grado de entendimiento que se alcanzó del problema y de sus causas. Hay que tener en cuenta que los problemas no solo son inevitables en el curso de la vida sino que forman parte de una incansable rutina de la que nadie está exento.
Probablemente el resultado más triste (y el más costoso) que produce este circuito vicioso sea la negación de un hecho fundamental de la naturaleza misma de los problemas: y es que cada uno de ellos en realidad nos presenta una oportunidad. Los problemas son SIEMPRE potenciales oportunidades, más allá de su intensidad, de su gravedad o de la gran contrariedad que ocasionen. Emerger victorioso de un problema cambia el estado de una persona: lo hace crecer, lo fortalece, aumenta su experiencia y su capacidad de enfrentar futuras contrariedades.
Cuando el problema surge ya nada puede hacerse con respecto a él, simplemente ya está allí. Pero esto es una cosa y otra muy distinta es la forma que tome nuestra reacción. Sobre ella si tenemos control, esto sí está a nuestro alcance.
El problema en sí es sólo un conjunto de hechos, es algo completamente impersonal; somos nosotros quienes le insuflamos vida y lo convertimos en una entidad activa, dominante. Entonces el problema crece y muta de un estado a otro volviéndose ingobernable. Para vencer es indispensable saber anticiparse e interpretar la realidad circundante evitando el estado emocional y activar la racionalidad. A esto apuntar forjar un pensamiento situacional, que lo que aprendamos también sirva para la vida y para estos casos innegables de toda vida humana.
La reacción primaria cuando se presenta el problema debe ser solamente una larga pausa. No hacer y no decir nada: desactivar los circuitos nerviosos. Inmediatamente después debe activarse la razón y debe ser enfocada estrictamente al análisis y a la evaluación del problema, es decir a los hechos concretos que éste presenta. En esta tarea es también recomendable tomarse todo el tiempo que fuese posible, el tiempo debe jugar siempre a favor de la solución y no del problema.
Luego del análisis racional del problema como conjunto de hechos debemos ejercer una primera respuesta. Esta primera respuesta debe ser sólo eso: una aproximación a la solución, un acto que “acote el terreno” en el que se desenvuelven los hechos, un esfuerzo para evitar que el problema tome más proporciones de las que ya ha alcanzado. Esta primera respuesta es una forma de aplicar “paños fríos” a la situación. Un “paño frío” clásico es la serenidad que pueda demostrarse (no la indispensable que debe tenerse sino aquella que puede exhibirse). Otro “paño frío” útil es la comunicación activa con todas las personas que puedan verse involucradas en la solución del problema, informándoles de los hechos y evitando que tomen cualquier acción que proyecte el problema más allá de los límites que estamos fijando. Otra acción rápida debe establecer con claridad los conductos autorizados para el tratamiento del problema.
2.- ¿Cómo aprovechar las oportunidades que se nos presentan?
En nuestra vida misma debemos tener la capacidad para aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Y para ello, lo primero que debemos hacer es estar siempre atentos a la aparición de éstas.
En caso de que estemos esperando una oportunidad en particular, debemos saber esperarla con paciencia, pero a la vez buscarla.
Mientras que buscar una oportunidad podría implicar mantenernos informados, cultivar y mantener relaciones, hablar con ciertas personas que podrían conducirnos a la oportunidad que buscamos, ir a ciertos lugares en donde podríamos encontrar la oportunidad que buscamos, buscar nuevas experiencias, etc.
Al momento de esperar y buscar una oportunidad debemos tener en cuenta lo siguiente:
  • prepararse: mientras esperamos y buscamos una oportunidad, debemos aprovechar el tiempo en prepararnos, de tal modo que en cuanto ésta aparezca, sepamos identificarla y aprovecharla al máximo.
  • escuchar nuestra intuición (conciencia situacional): nuestra intuición es capaz de guiarnos hacia el encuentro de una oportunidad, debemos hacerle caso cuando nos diga, por ejemplo, que hablemos con determinada persona o que vayamos a determinado lugar.
  • no descartar posibilidades: no debemos descartar posibilidades de encontrar una oportunidad, debemos tener en cuenta que las mejores oportunidades aparecen cuando uno menos las espera, y en los momentos menos pensados.
Una vez que aparezca una oportunidad debemos tener la capacidad para identificarla.
Debemos tener en cuenta que si nos demoramos mucho en analizar o aprovechar una oportunidad, al final podríamos terminar encontrando una excusa para no actuar, podría ser demasiado tarde para aprovecharla (oportunidad que podría presentarse una sola vez) o, lo que es peor, alguien más podría terminar aprovechándola antes que nosotros.
Debemos tener en cuenta también que nunca podremos preverlo o planificarlo todo, sino que siempre habrá cierto riesgo que debemos asumir, que ya habrá tiempo en el camino para recabar más información, para prepararnos mejor, o para hacer las correcciones que sean necesarias, y que en caso de que cometamos un error o fracasemos, ello nos hará más fuertes y será ahí en donde más aprenderemos.
Al momento de analizar y aprovechar una oportunidad, debemos tener en cuenta lo siguiente:
  • confiar en nuestra intuición (conciencia situacional): nuestra intuición sabe cuándo una oportunidad es efectivamente una oportunidad, y cuándo no lo es. Si nos dice que debemos aprovechar una oportunidad, no debemos perder más tiempo y actuar aun cuando no nos sintamos preparados; pero si nos dice que no debemos tomarla, no debemos hacerlo por ningún motivo.
  • no esperar el momento oportuno: en ocasiones puede que sea necesario ser pacientes y esperar el momento oportuno para actuar, pero en la mayoría de casos el momento oportuno siempre será en cuanto podamos aprovechar la oportunidad. Si nos dedicamos a esperar el momento oportuno puede que al final sea demasiado tarde o que el momento oportuno que tanto esperamos nunca llegue.
  • actuar a pesar de lo que digan los demás: la mayoría de las buenas oportunidades no son evidentes y, en algunos casos, hasta parecen insensatas; por lo que es común escuchar las críticas o los comentarios desalentadores de los demás cuando uno se propone aprovechar una de estas oportunidades. Por lo que ante una buena oportunidad, antes que escuchar las críticas o los comentarios negativos de los demás, debemos escuchar nuestra intuición.
Una vez que hemos tomado una oportunidad, sabremos que hemos elegido el camino correcto cuando disfrutamos lo que hacemos, y veamos que todo fluye y nos sale bien.
Pero si, por el contrario, empezamos a encontrar obstáculos en el camino o las cosas empiezan a salirnos mal, no debemos declinar tan rápido y procurar superar estos obstáculos, teniendo en cuenta que las cosas podrían mejorar más adelante, o que la oportunidad que hemos tomado podría conducirnos a mejores oportunidades.
Sin embargo, si el camino presenta demasiadas dificultades, así como debemos tener la capacidad para identificar y aprovechar una oportunidad, debemos también tener la capacidad para reconocer que tomamos el camino equivocado y para dar marcha atrás.

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El desarrollo emocional. Pautas para su educación - 4° Parte (última).

“La inteligencia emocional es parte de nuestra teoría de Inclusión intrapersonal ya que integra la intelección con toda el sistema emocional de la persona integrándolo, armonizándolo y equilibrándolo de forma orgánica. Responde a nuestra visión de la persona como ser-psicofísico espiritual”
  1. Aprender para la vida: pautas de educación en la familia y la escuela.
Las condiciones socioeconómicas actuales (descenso de la natalidad, la participación laboral de la mujer, la competitividad, los medios de comunicación, etc.) marcan, desde el comienzo, la vida de nuestra infancia. Como consecuencia, en mayor o menor grado, muchos niños presentan carencias sociales y emocionales.
La pregunta clave es ¿cómo pueden padres y profesores enseñar a los niños a ser competentes emocionalmente?, única forma de que niños y niñas aprendan para la vida. Padres y profesores son en los primeros años los referentes básicos a quienes se imita con la intensidad de quien necesita aprender mucho y pronto. Imitando se amplía el repertorio de comportamientos emocionales en una o en otra dirección, dependiendo de lo que experimenta y vive. A través de todo ello, el niño/a crece y se forma una imagen del mundo de los demás y de sí mismo. En la familia y el aula aprende a conocerse a sí mismo, a explorar, experimentar e intervenir en su medio de forma cada vez más autónoma y eficaz. En el contexto familiar los padres son el eje fundamental. Son personas en las que se confía, con las que se necesita vincularse afectivamente y cuya actuación se configura como modelo. Por medio de ellos los niños aprenden contenidos, valores, comportamientos y actitudes, los sistemas de representación, las normas que regulan las conductas y los valores del grupo de referencia.
Por otra parte, y puesto que en muchas ocasiones no es posible controlar todas las variables, ya sea por desconocimiento, aparición de nuevas circunstancias o riesgos, por hechos sociales determinados, etc., es necesario también saber qué hacer cuando aparecen disfunciones, el modo de eliminarlas para que perturben lo menos posible, buscando siempre optimizar el desarrollo del niño/a.
Los niños no son todos iguales, tienen necesidades diferentes dentro de una estructura común, es por eso que no puede existir una receta única y perfecta para la crianza y educación de la infancia, sino un amplio abanico de posibilidades. No obstante, existen pautas de crianza y educación que facilitan el desarrollo armónico integral y otras que lo afectan negativamente a corto y, tal vez, a largo plazo, incluso durante toda la vida.
En la familia y la escuela, como en cualquier grupo humano, se aglutinan experiencias, sentimientos, ilusiones, aprendizajes y también frustraciones. Aunque en mayor o menor medida todos los padres y educadores hacen un seguimiento de los niños/as y ajustan sus modos de acción a los progresos y obstáculos que observan, deben ser sensibles a las necesidades básicas que se les plantean y contar con un repertorio adecuado de pautas de acción que promuevan, como decíamos, el aprendizaje y el desarrollo emocional.
Desde el nacimiento hasta los 6 años, los cambios evolutivos que se producen en niños/as son de una gran magnitud y la acción educativa en el ámbito del desarrollo afectivo presenta una gran diversidad.
Como principios básicos hay que tener presente:
  1. que el niño/a necesita, desde que nace, recibir ayuda y asistencia para que su desarrollo afectivo sea bueno. La construcción humana valiosa no es posible sin la educación familiar;
  2. que la satisfacción de sus necesidades en este ámbito corresponde prioritariamente a los padres, si bien pueden ser apoyados por otros miembros de la familia, educadores, etc.; que es necesario crear un clima cálido, gratificante y apropiado y generar actitudes positivas basadas en el respeto hacia el niño y hacia sus intereses y necesidades. Un ambiente afectivo de seguridad y, en fin, las mejores condiciones de desarrollo;
  3. que el niño, en la familia, necesita también autoridad, firmeza, límites y normas claras, que se cumplan, aunque el ejercicio de la libertad no pueda quedar restringido exclusivamente a los padres. Si en la familia se da entera libertad a los niños, ya no se educa; de igual forma que quien desde el autoritarismo los tiene completamente sometidos, tampoco educa.
4.1 Necesidades básicas y objetivos que deben lograrse
No hay nada más humano que los sentimientos y las emociones. El niño/a, como ser humano, necesita por naturaleza relacionarse afectivamente con los demás; de ello depende, incluso, su desarrollo físico.
Como necesidades básicas tenemos:
  1. la necesidad de encontrar un adulto (madre, padre, cuidador, etc.) receptivo y atento a las emociones que el bebé transmite; la de sentir la presencia de las personas que lo quieren y cuidan, para saber que no está solo.
  2. Recibir afecto y ternura y saber descifrar el mensaje afectivo en contacto con el entorno que le rodea; la de aprender a expresar y canalizar fructíferamente sentimientos y emociones.
  3. El objetivo sería dar respuesta a las necesidades que con respecto a la conducta emocional presenta el niño/a de 0 a 6 años. Es decir, cubrir sus necesidades de desarrollo en este ámbito, impulsando su comunicación afectiva y de relación con el entorno. Y como resultado final, lograr personas emocionalmente competentes.
4.2 Pautas para la educación emocional
El niño necesita desarrollar su potencial emocional: su sonrisa, su llanto, sus gritos y miradas y su agresividad son expresiones de su estado de ánimo. Es necesario responder a sus mensajes, comunicándole afecto y alegría, y permaneciendo receptivo a cuanto desea transmitirnos. El bebé necesita estar en compañía y que no se le prive de expresar su afectividad. Pero también que se le enseñe a ser emocionalmente competente, a aprender a vivir de forma emocionalmente adecuada.
Las pautas de educación emocional resuelven en términos generales: potenciar y sentar las bases de mejora de la inteligencia emocional; Inhibir y controlar las respuestas no deseadas y prevenir las conductas emocionalmente incompetentes, y saber qué hacer cuando aparecen disfunciones, el modo de eliminarlas para que perturben lo menos posible, buscando siempre optimizar el desarrollo emocional del niño/niña.
El desarrollo emocional, como cualquier otro aspecto del desarrollo del niño, está muy influido por el contexto en que tiene lugar. Durante los primeros años el contexto más importante es la familia. La familia junto con la escuela forma el entorno que influye más directamente en el niño. Los niños absorben y almacenan lo que observan, atan cabos, imitan, clasifican lo que han observado y, frecuentemente, ponen en marcha las pautas de acción, que deliberadamente o de forma difusa se les han dado. Familia y escuela deben cumplir con la función esencial de la alfabetización emocional como una parte fundamental de las lecciones esenciales para la vida. Así, familia y escuela deben convertirse en lugares interesados en el aprendizaje emocional, de forma que la educación emocional no permanezca limitada al ámbito familiar o escolar, sino que se practique, se intensifique y se generalice a todos los dominios de su vida. La educación emocional ha de comenzar en los primeros meses, adaptarse a la edad del niño, proseguir durante la edad escolar y aunar conjuntamente los esfuerzos de la familia, la escuela y la comunidad en general.
Brevemente, presentamos a continuación algunas sugerencias básicas sobre formas de actuación.
  • Potenciar y sentar las bases de mejora de la inteligencia emocional
El cerebro del bebé está trabajando siempre y capta, desde que nace, muchas sensaciones que son nuevas para él. Por eso hay que rodearlo de estados anímicos positivos, cálidos, alegres y felices, demostrarle mucho afecto con besos, caricias y cuantos signos estrechen los lazos de unión con él; hablarle con susurros y palabras afectivas y cantarle melodías con letras sugerentes. Es importante también manifestarle el placer y entusiasmo que se siente al estar con él y al proporcionarle calor y bienestar.
Hay que tener presente que lo natural es que el niño/a esté alegre. La alegría y la risa cumplen una función terapéutica importante, previenen enfermedades y alivian el estrés y la ansiedad. Como pautas educativas básicas, hay que crear un clima alegre y un ambiente propicio para conseguir reír con él. Hay que cuidar las formas o modos de dirigirnos al pequeño, el estado de ánimo y el tono de voz empleado y hablarle de sus estados anímicos.
En referencia a la capacidad de entender y comprender los sentimientos de los demás, otro de los pilares de la inteligencia emocional, conviene recordar que desde los primeros días de vida son capaces de distinguir y revelar (a través de expresiones faciales) las emociones que experimentan, y las madres son capaces de diferenciar matices emocionales tan variados como la felicidad, el interés, la tristeza, el miedo o el dolor. Como pautas básicas, se propone ir aprovechando los momentos en que está tranquilo para asegurar el reconocimiento entre él y el adulto, en un ambiente apacible de afecto y mimo. Hay que olvidar las prisas y los miedos y tener siempre presente la ternura y el afecto. Su sensibilidad ante las expresiones emocionales de la cara crece lentamente durante los primeros años de vida. Ya a los tres meses de edad miran a las caras más tiempo que a otros estímulos a la vez que aumenta la intensidad de su sonrisa. Los bebés cuyas madres llaman su atención y les sonríen cuando les miran son los que muestran mayores preferencias por las caras sonrientes.
El niño/a es capaz de mantener al principio un buen contacto con su entorno y las personas extrañas, si se le ayuda y no se le provoca miedo. Está descubriendo su mundo y reconoce perfectamente quiénes son extraños y quiénes están próximos a él, sobre todo a sus padres. En este periodo está aprendiendo a distinguir los rostros habituales, pero no se extraña ante los desconocidos. Es bueno darle gusto y permitir que las personas se le acerquen y le cojan en brazos sin brusquedades y con cuidado, dejar que otros adultos o niños le manifiesten también su alegría. Conviene ampliar en lo posible la presencia de personas desconocidas que se relacionan con él.
De dos a tres años. El avance más importante que se produce en el ámbito afectivo es son capaces también de actuar sobre los estados emocionales de los demás, pueden influir sobre ellos. Esta nueva capacidad de influir puede adoptar dos formas: como consuelo de emociones negativas de los demás, "reconfortando", o como forma de provocar en estos emociones negativas, "haciendo rabiar". Pueden intentar consolar a algún niño que se ha caído o está afligido por algún motivo, aunque sus acciones no están todavía muy elaboradas, incluso pueden no ser muy eficaces. Se pueden limitar a dar un objeto o comida cuando aquel se echa a llorar. Sus conductas, en este sentido, son en principio rudimentarias y primitivas, pero suponen, un avance sobre la situación anterior en que los bebés se limitaban simplemente a captar las emociones de los demás. La segunda manifestación de su nueva capacidad de influencia en los otros adopta la forma de provocación (arrebatando un juguete a otro niño y no dejando que lo recupere) o incluso exacerbando la angustia de otro niño cuando éste ya está llorando. Tales formas de actuar parecen constituir también un modo habitual de actuación de los niños en la interacción con los adultos. Aunque adoptan formas más benignas que con sus iguales, son como una forma de provocación amistosa, que parece funcionar como un juego (pueden, por ejemplo, ofrecer algo a sus padres y, con una mueca de risa, retirarlo cuando éstos lo van a coger). Tanto sus conductas de "consolar" como las de "hacer rabiar" se van haciendo más frecuentes a medida que se acercan a su tercer año de vida, al tiempo que van adquiriendo un mayor grado de control sobre su capacidad de influir en las emociones de los demás.
Por otra parte, las tendencias altruistas de los niños pequeños parecen estar muy influidas por el ambiente en que se desarrollan. Se ha comprobado que aquéllos que sufren maltrato físico presentan una proporción menor de conductas de consuelo, reconfortan menos al que sufre e incluso pueden llegar a mostrarse más agresivos con éste. Los niños de dos años, de forma natural, imitan lo que realizan los adultos y niños más mayores. De ahí que el adulto pueda propiciar en su interacción con el niño las acciones que quiere que aprenda. Como pauta básica de educación, deben promoverse, con espíritu alegre, acciones altruistas a su nivel para que tengan significado propio para el niño y pueda imitarlas. Se ha constatado que, a partir de los cuatro años, son capaces de comprender que las emociones de una persona dependen de sus deseos y son capaces de tener en cuenta los de los demás a la hora de predecir las emociones que éstos van a sentir.
Con relación a la autoestima, otra de las claves del desarrollo emocional, conviene recordar que los niños no son capaces de autoevaluarse hasta los tres años; consecuentemente, en los primeros años es fundamental que las evaluaciones de sí-mismos que reciben a través del espejo de los demás (sobre todo de los padres y profesores) sirvan para generar un sentimiento positivo, para desarrollar desde el principio, aún de forma incipiente, un autoconcepto positivo de sí-mismo.
Para el bebé sus padres son el mundo. De su sonrisa aprende que es estimable. De su caricia, que está seguro. De la respuesta a su llanto, que es efectivo e importante. Éstas son las primeras lecciones sobre su valía y los primeros fundamentos de su autoestima. Contrariamente, los niños que no son atendidos, acariciados, sienten la desesperanza, aprenden que no son importantes. Son el preludio de una baja autoestima. Los padres son el "espejo" que muestra al bebé quién es.
A partir de los tres años puede surgir, aunque de manera incipiente, la autoevaluación. Es fundamental favorecer que ésta sea positiva. En cualquier caso, hay que evitar las evaluaciones y calificativos peyorativos (torpe, burro, malo, etc.), que acaban etiquetando al niño/a y conformando su autoconcepto, ya que inconscientemente él intentará responder a esa imagen.
  • Inhibir y controlar las respuestas no deseadas
En el período de tres a seis años. Para que el niño pueda llegar a controlar y comprender plenamente sus emociones y las de los demás es necesario que desarrolle una serie de capacidades cognitivas, que le van a permitir un comportamiento afectivo más adecuado. En este camino, uno de los avances más importantes que debe realizar es la comprensión de que una cosa es la manifestación externa de las emociones y otra la experiencia interna que se tiene de la emoción. Se ha comprobado que los niños entre tres y cuatro años, aproximadamente, son capaces de controlar la expresión de sus emociones y, hasta cierto punto, enmascarar lo que realmente sienten y disimular. Asimismo, son capaces de calmarse a sí mismos con algún juguete u otra distracción si se les enseña cómo hacerlo.
El niño con escaso autocontrol emocional reacciona a menudo ante sucesos en apariencia poco importantes con una gran descarga emotiva, de modo que los padres no acaban de comprender bien lo que ocurre. Llantos o enfados incontrolados son muchas veces el resultado de una "escasa sensación de dominio" de la situación, que el niño no logra expresar y comunicar, y no tanto una consecuencia del suceso que a nuestros ojos parece la causa de la frustración. De esto no pueden desprenderse sin la ayuda de alguien que les haga de nuevo sentirse bien.
Como pauta educativa general, hay que enseñar al niño a expresar y a ser responsable de sus propios sentimientos y emociones, y por supuesto a saber controlarlos. El niño que empieza a ejercitar el autocontrol tiene una enorme ventaja a la hora de afrontar situaciones que puedan provocarle miedo, ira, antipatía o frustración. Los pasos a seguir son: hacerle consciente de sus sentimientos, enseñarle a expresarlos, a tomar decisiones acerca de éstos y poder, por último, dominarlos hasta conseguir sentirse bien sin ayuda de nadie. Hay que ayudarles a validar su derecho a tener y sentir emociones (por ejemplo: "pareces enfadado, cuéntame cómo te sientes, sin gritar, ni ponerte furioso"). De esta forma se tiene en cuenta el sentimiento y se le da una salida válida. Hay que atender a los niños cuando expresan sus sentimientos o cuando dan muestras evidentes de que están molestos, pero no son capaces de verbalizarlos. No les reprenda o humille nunca por expresarlos. Modele la manera que tienen los niños de revelar éstos sentimientos, utilizando frases afirmativas que expresen emociones. Pregunte a los niños sobre sus opiniones. Es conveniente leer cuentos y comentar el sentir de los protagonistas.
  • Prevenir las conductas emocionalmente problemáticas o incorrectas
El primer paso es definir bien el problema. De nada sirve etiquetar al niño de difícil, llorón o irritante; no se puede cambiar algo tan poco definido, sino solamente una conducta o actitud. Lo más importante es especificar y determinar bien el problema afectivo, aislándolo en situaciones concretas.
El lloriqueo, hacer pucheros, es una conducta que el niño/a utiliza normalmente hacia los tres años. Casi no tiene importancia la causa, ni las palabras que utiliza, lo que resulta irritante es la mezcla del tono de voz y los quejidos intermitentes y continuados. Para evitar que el lloriqueo se convierta en un hábito hay que afrontar el problema de inmediato para poder zanjar este comportamiento. Las causas pueden ser variadas, desde inseguridad, celos, hasta causas externas al niño, propiciadas por la falta de sensibilidad o atención de los padres.
En la mayoría de los casos se produce cuando el niño necesita varios intentos para llamar la atención de sus padres, sobre todo si éstos están ocupados. Hay que intentar responder con prontitud. Cuando nos habla de manera apropiada y se esfuerza no hay que esperar a que lloriquee para hacerle caso. Para que todo vaya mejor hay que asegurarse de asignarle un tiempo de dedicación exclusiva, hablarle y ocuparse de él. Pero sin que ese tiempo de atención lo consiga tras lloriquear.
Es muy importante también mantenerle ocupado ofreciéndole opciones, juegos y actividades. No se puede esperar que el niño sepa siempre ocupar su tiempo. Cuando se aburre suele recurrir a los pucheros y lloriqueos como forma de llamar la atención, porque no tiene o no sabe qué hacer.
Hay que enseñarle a pedir bien las cosas, mostrándole la diferencia entre hablar normalmente y lloriquear, y elogiar su comportamiento cuando sea correcto. Todavía más importante es manifestarle nuestro disgusto cuando pide las cosas lloriqueando para erradicar estos lloros y pucheros. Es bueno decirle y hacerle saber que cuando abandone esa actitud se le prestará atención. Es, así pues, de vital importancia no permitir que los pucheros tengan éxito. Si aprende, por experiencia, que sirven a sus propósitos, podría persistir en esta conducta hasta los primeros años de colegio, exasperando e irritando a cuantos se ocupan de él.
Hay que evitar la fatiga o la sobreestimulación del niño, detener las actividades antes de que esté demasiado cansado o sobreexcitado como para poder controlar sus emociones. No hay que enfrentarlo con tareas demasiado complicadas para él, cambiar la situación antes de que aparezca la inquietud en él por no poder hacer cuanto quería hacer, y surja la rabieta. Las rabietas no siempre responden a una causa; muchas veces los niños utilizan este comportamiento porque por casualidad se dieron cuenta que les daba resultado. Hay que hacerles comprender que es una conducta inadecuada, que no les libra de una obligación, ni cambia la actitud de sus padres. Este es el modo más rápido y efectivo de librarse de este comportamiento, puesto que lo que busca el niño, principalmente, es llamar la atención. Lo mejor es hacer caso omiso, ya que en ese estado emocional no se puede razonar con él, ni comprenderá nuestro punto de vista. Es preferible no intentarlo; de esta manera aprenderá que sus pataletas y rabietas no son eficaces y las utilizará con menos frecuencia. Como decimos, lo mejor es apartarse y hacer otras cosas mientras estas duran; si está en un lugar seguro, incluso se puede abandonar la habitación. Sobre todo, es importante no dejar que el niño las utilice para cambiar un "no" por un "sí", ni eludir responsabilidades. Hay que mantenerse firme e ignorarle. Esta decisión es la única forma de que comprenda que se habla en serio y que así no conseguirá sus propósitos. Cuando termine la pataleta - por mucho que parezca nunca suele durar más de algunos minutos - no hay que darse por enterado. Hay que recibirlo como si no hubiera pasado nada, proporcionándole la ocasión de congraciarse con los demás, pero sin mencionar el incidente. "Anda, vamos". En ningún caso, debe decírsele lo mal que se ha portado. En tal caso entendería que su pataleta ha causado algún efecto y podría conducir a nuevas repeticiones.
El miedo. Hay niños que parecen enfrentarse a la vida sin miedo alguno, mientras que otros deben ir superando diferentes miedos a lo largo de la infancia. Casi todos los niños sienten miedo alguna vez a la oscuridad. Este suele aparecer entre los 2 o 3 años. Un niño miedoso puede convertirse en un ser exigente, exasperante y sin confianza en sí mismo. Por eso, ha de ir aprendiendo a superarlo e ir ganando valor poco a poco.
Como pautas básicas, hay que comprender la situación y ayudarle a superarla. No hay que criticarle, ni catalogarle de cobarde o pequeño, tampoco debemos gritarle, ni rechazarlo. Hay que identificar el miedo e ir preparándole poco a poco para ser más valiente y asertivo. Hay que enseñarle, como primer paso, a "valorar" su miedo (por ejemplo, que señale con sus manos, más separadas o menos la "cantidad"). En segundo lugar, confeccionar una lista de miedos, de menos a más aterradores, para comprobar las causas de ansiedad más importantes; hay que contrarrestar la ansiedad, tranquilizándole, dándole seguridad, permaneciendo cerca de él, cogiéndolo de la mano (ante un perro, con la luz apagada, etc.). Utilizar juegos para ir controlando ese miedo, (enseñarle fotografías y dibujos del estímulo causante del mismo). Corregir los conceptos erróneos que tenga, darle instrumentos para su seguridad (una linterna). Permanecer con él, enfrentándose juntos a las situaciones de miedo. Y a medida que parece menos asustado, animarle elogiando sus esfuerzos.
Para terminar, cabe señalar que el manejo constructivo de las situaciones problemáticas desde el punto de vista emocional exige a padres y educadores una buena capacidad emocional con cualidades básicas que les permitan:
  • Respetar a los alumnos y evitar ser hirientes incluso cuando se está enfadado o ante situaciones difíciles.
  • Ser capaces de manejar la propia indignación.
  • Tener un sentimiento de autoestima estable y positiva para no convertir las actuaciones no deseables de los niños en un ataque personal.
  • Tener capacidad de ponerse en el lugar de los niños, comprender sus motivos, sentimientos y emociones.
  • Entender que el tono, actitud, etc. que se emplea en el trato con los niños tiene también consecuencias en el desarrollo emocional de éstos.
  • Finalmente, saber que son un referente significativo de primer orden y que su talante ante la vida, pesimismo, miedo, seguridad, alegría, etc., influyen de manera decisiva, en un sentido u otro, en el desarrollo emocional de los niños.
Ref.: Petra María Pérez Alonso Jeta
www.clasesparticulares-madrid.es
Imagen: clasesparticulares-madrid.es

El desarrollo emocional. Pautas para su educación - 3° Parte.

“La inteligencia emocional es parte de nuestra teoría de Inclusión intrapersonal ya que integra la intelección con toda el sistema emocional de la persona integrándolo, armonizándolo y equilibrándolo de forma orgánica. Responde a nuestra visión de la persona como ser-psicofísico espiritual”
  1. La educación de sentimientos y emociones.
La educación integral no sólo abarca el intelecto sino que también hace referencia al sentimiento y la emoción, la imaginación y la acción emocional, como partes integrantes del proceso enseñanza-aprendizaje y de un buen desarrollo infantil. Al desarrollo de sentimientos y emociones se puede aplicar el principio básico de todo el desarrollo infantil: proceder de un estado general indiferenciado a otro de mayor especialización y control.
Este proceso de diferenciación va dando lugar a distintos niveles de organización y a una progresiva transformación y maduración de la personalidad. Dicho proceso debe ser alentado y pautado por una acción educativa eficaz que, desde el conocimiento actual, potencie los rasgos favorecedores e inhiba los negativos. En definitiva, conseguir desde la educación que los niños sean emocionalmente competentes.
3.1 La experiencia emocional infantil
En la experiencia emocional infantil, las interacciones con la madre y personas que están a su cuidado son, evidentemente, determinantes. Sin embargo y de alguna manera, el bebé es también productor de un entorno en el que su conducta influye en el tipo de cosas que experimenta. A ello contribuye de alguna forma el hecho de que los niños y su cuidador desarrollan un sistema de comunicación a través de la experiencia, que les permite aprender a regular sus conductas mutuamente.
Dentro del sistema de interacción infantil próximo (padres y hermanos) tiene especial significación la experiencia y naturaleza del apego que produce la unión emocional y especial entre el niño y quien lo cuida.
Con todo, parece evidente que las reacciones emocionales no surgen simplemente como resultado de un programa biológico, sino que su desarrollo está inducido también por la experiencia que obtiene de su entorno social. Poco a poco, aprenden a identificar y caracterizar sus emociones por medio de las experiencias diarias. Asimismo, para muchos teóricos, la experiencia emocional es fundamental para establecer la relación de "apego" que empieza a generarse en los niños muy poco tiempo después del nacimiento, y que puede observarse claramente desde los 6 a 8 meses de edad.
3.2. El aprendizaje emocional
La educación afectiva es el resultado de complejos procesos de aprendizaje. Este aprendizaje como todo proceso de adquisición del conocimiento tiende a formar estructuras más sólidas y a completar y ensamblar los datos en sistemas significativos.
Hay cinco formas de aprendizaje que parecen influir más directamente en el desarrollo emotivo infantil: aprendizaje por ensayo y error (más influyente y frecuente en los primeros momentos, aunque no se abandona nunca; aprendizaje por imitación (se imita tanto la acción como la respuesta); aprendizaje por identificación similar a la imitación, pero más fuerte e influyente afectivamente; aprendizaje por asociación, es muy frecuente en los niños pequeños; en él, situaciones, personas, etc., que en principio no provocaban ninguna reacción emocional, lo hacen más adelante como resultado de alguna asociación; finalmente en el aprendizaje por adiestramiento, se les enseña (por la educación formal e informal, etc.) el modo de respuesta culturalmente adecuado ante una emoción dada.
Los niños realizan un gran número de aprendizajes imitando. Los miedos o situaciones ante animales, objetos o situaciones son rápidamente asimilados por los niños. También miedos más sutiles se transmiten a los niños incluso inconscientemente. Inquietudes y preocupaciones ante determinadas situaciones son percibidas y asimiladas por los niños que captan, con exactitud, cuando la madre o el padre se muestran inquietos o preocupados ante algo. Lo mismo cabe decir de la agresividad, la inseguridad ante la vida, la tristeza y depresión. Por el contrario, los hijos de padres optimistas tienen mayores posibilidades de desarrollar, a su vez, un mundo emocional marcado por la confianza. Los adultos optimistas transmiten la creencia de que los éxitos pueden conseguirse con esfuerzo y que los fracasos son un reto, una oportunidad de mejorar.
Por otra parte, cualquier aprendizaje alude a la adquisición de cambios comportamentales relativamente estables. Supone la compresión de la situación, es decir, la formación de la estructura mental que corresponde a la realidad exterior. En este proceso de aprendizaje tiene enorme importancia la atención e interés del individuo por aprender. Se aprende aquello a lo que se presta atención, esfuerzo o interés. Implica la participación del sujeto en el aprendizaje. Caben dos niveles de implicación: un primer nivel de implicación en la tarea se lleva a cabo cuando el individuo desempeña un papel activo en la situación de aprendizaje, aprende más rápidamente y el aprendizaje tiende a ser más estable que si permanece pasivo, un segundo nivel de participación más profunda es el de implicación del mismo yo, en el que entran en juego los intereses más profundos del niño que llevan a desarrollar el "sentido" de sí mismo, en este aprendizaje se manifiesta, a la vez que se conforma, la propia personalidad.
Hay que atender a ambas formas de implicación en el aprendizaje, ayudar a los niños a razonar y comprender activamente situaciones emocionales y sentimientos de los demás, así como su capacidad de entender los propios sentimientos y emociones, la implicación del "yo" en los mismos, su canalización y control, ser gestores de su propio aprendizaje. Ya que el aprendizaje depende del grado de implicación personal, la idea sería hacer al que aprende cómplice del que enseña en el aprendizaje emocional. Es necesario, en cualquier caso, dar el tiempo que requiere el ritmo personal de aprendizaje, para que los niños puedan terminar cada proceso y percibir el rendimiento.
Mediante la participación en sucesos interactivos, los niños aprenden los conceptos y contenidos emocionales. El aprendizaje afectivo tiene lugar en relación con su familia y otras personas significativas, las cuales le introducen en el mundo afectivo y en los procedimientos interpretativos que conecta los contenidos del mundo afectivo abstracto con las pautas específicas desarrolladas en la interacción. A través de la interacción, los niños/as aprenden a desarrollar y mejorar los vínculos afectivos sobre la base de sus necesidades personales y las exigencias sociales del contexto. La comprensión infantil de la emoción varía dependiendo de las circunstancias emocionales sociales, educativas, etc., que rodean individualmente al niño.
3.3. El control y consolidación de sentimientos y emociones
Los niños realizan un gran número de experiencias de aprendizaje imitando; esto es válido para el control y manejo de las emociones. Los adultos y otros niños, por medio de su comportamiento emocional, les muestran el camino a seguir. En este sentido, los niños aprenden que la participación de forma activa, en cada situación, por decisión propia, actúa de forma beneficiosa en el control de la propia emoción. Copiando el comportamiento de sus mayores cuando les tranquilizan, aprenden cómo pueden tranquilizarse a sí mismos cuando les invade la emoción. También, de manera indirecta, los padres muestran las posibilidades de autocontrol emocional que tienen los niños cuando están alterados, a medida que sienten que sus emociones se perciben, se admiten, canalizan o suavizan.
Para llevar a cabo un buen manejo en control y canalización de las emociones, el primer paso es considerarlas, tener palabras para nombrar y expresar aquello que pasa en el terreno emocional. Ayudarle a verbalizar las emociones e incluso comunicar-cuando sea posible- las propias emociones es el primer paso, no sólo para evitar las lagunas en el ámbito emocional, sino también para su manejo y control. Reconocer y aceptar las mismas son los pasos siguientes. El control de las emociones supone la superación de las mismas, aprendiendo a vivir con ellas.
Para conseguir un buen manejo emocional hay que llegar a experimentar que se es capaz de dominar las situaciones emocionales. El camino no es reprimir, sino enseñarles y animarle a que vayan enfrentándose a ellas, creando algunas que previsiblemente el niño pueda superar.
Las tres posibilidades fundamentales de llevar a cabo el control de las emociones cuando nos asaltan son dominarlas, reprimirlas y modificarlas o canalizarlas. La educación emocional en nuestra cultura occidental se ha centrado, básicamente, en reprimir sentimientos y emociones. Hemos aprendido a ocultar y no exteriorizar, a no dejarnos avasallar por las emociones. Sin embargo, la represión a largo plazo no es la solución. Deteriora las capacidades vivenciales y perceptivas, lleva a la insensibilidad y al desajuste emocional. A pesar de ello, la represión puede ser también un mecanismo de defensa al que se recurre para salvaguardar el propio yo. Dominarlas es una estrategia más saludable que permite reaccionar de forma práctica sin dejarnos avasallar por ellas. Cuanto antes pueda amortiguarse de forma racional la oleada emocional, mejor podrá llevarse a cabo su dominio. Una de las estrategias para conseguirlo es relativizar, dar una interpretación más positiva a la situación que provoca la emoción. Otra forma de dominar las emociones que permite de forma saludable el control emocional es la superación orientada de las mismas. Consiste en superar las emociones mediante la desensibilización. La alternativa ante la emoción es aprender a vivir y superar el estado de excitación que conlleva. Supone enfrentarse a las propias emociones, exponiéndose de forma consciente y sistemática a los estímulos que las provocan intentando tolerarlos y observarlos con frialdad. A medida que esto se va consiguiendo, la emoción va cediendo. Paralelamente crece la confianza en la propia capacidad para manejar la situación y poder enfrentarse a ella de forma efectiva.
La modificación o canalización fructífera de las emociones implica, en definitiva, no dejarse llevar por sus emociones, sino utilizar esa energía para desarrollar nuevas competencias, que permitan fortalecer la confianza en sí mismos y asumir nuevos riesgos, convirtiendo las emociones en algo personalmente productivo.
Ref.: Petra María Pérez Alonso Jeta
httparacelirosa.es

El desarrollo emocional. Pautas para su educación - 2° Parte.

“La inteligencia emocional es parte de nuestra teoría de Inclusión intrapersonal ya que integra la intelección con toda el sistema emocional de la persona integrándolo, armonizándolo y equilibrándolo de forma orgánica. Responde a nuestra visión de la persona como ser-psicofísico espiritual”
  1. Claves de la inteligencia emocional
 2.1. La imaginación emocional
La emoción es el "estado de ánimo producido por impresiones de los sentidos, ideas o recuerdos que con frecuencia se traduce en gestos, actitudes u otras formas de expresión".
La capacidad imaginativa del niño desempeña un papel fundamental en el desarrollo de la compresión de la realidad social en general y de la construcción social de las emociones en particular. La imaginación emocional se sitúa en ese lugar propio de pensamientos donde es posible el reconocimiento de las emociones, sentimientos y motivos propios y ajenos. Su desarrollo permite manejarse y controlar afectivamente la situación. La imaginación emocional permite adoptar la perspectiva del otro, empezar a comprender sus sentimientos y emociones, así como los motivos y razones de su conducta. Permite también anticipar los propios patrones de acción imaginando los patrones de percepción emocionales. La imaginación y la capacidad de simular permiten también al niño concebir las posibles realidades que otras personas sienten. Es la llave que les introduce en los sentimientos, miedos y esperanzas de los demás.
2.2. Los pilares de la inteligencia emocional
La inteligencia puede entenderse como la capacidad que permite a la especie humana solucionar el problema de la vida. La inteligencia emocional podría explicarse desde cuatro pilares o parámetros básicos: la capacidad de entender y comprender emociones y sentimientos propios, la autoestima, la capacidad de gestionar y controlar los impulsos y situaciones afectivas, y la capacidad de entender y comprender los sentimientos de los demás.
Usar la inteligencia emocional es algo que requiere aprendizaje y entrenamiento y, como tal, puede enseñarse. Todos hemos oído en la infancia frases como: ¡los niños no lloran!, ¡no te dejes llevar así!, ¡debes superar el miedo!, etc. Sin embargo, llegar a ser competentes emocionalmente requiere una educación emocional que empieza en los primeros años de la vida y va mucho más allá de este tipo de advertencias. Requiere que quienes cuidan de los niños les ayuden a desarrollar las cualidades o pilares básicos de la inteligencia emocional.
2.2.1 Capacidad de entender y comprender las propias emociones
El reconocimiento de las propias emociones es el alfa y el omega de la competencia emocional. Sólo cuando se aprende a percibir las señales emocionales, a categorizarlas y aceptarlas, es posible dirigirlas y canalizarlas adecuadamente sin dejarse arrastrar por ellas. El conocimiento de uno mismo y de los propios sentimientos es la piedra angular de la inteligencia emocional, la base que permite progresar. La comprensión, que acompaña a la conciencia de uno mismo, tiene un poderoso efecto sobre los sentimientos negativos intensos y nos proporciona la oportunidad de liberarnos de ellos. Consecuentemente, se tiende a tener una visión positiva de la vida y a percibirse como una persona controlada y autónoma. Contrariamente, las personas atrapadas por sus emociones se ven desbordadas e incapaces de escapar de ellas.
Sólo quien sabe qué, cómo y por qué siente, puede manejar y controlar inteligentemente sus emociones.
2.2.2 La autoestima
Es la visión e imagen que el individuo tiene de sí mismo, influye en la conducta y es el mediador entre la persona y el medio. El conocimiento de sí mismo y la consiguiente autoimagen, el autoconcepto, son una estructura central para entender la concepción del mundo del sujeto y una de las principales variables que influyen en las acciones de éste. De todos los juicios a los que el individuo se somete ninguno es tan fundamental como la evaluación de sí-mismo. Del resultado de esta evaluación resulta la autoestima. Este concepto modula el presente y futuro del individuo y es el factor principal de su vida personal y social. En la autoestima se combinan dos procesos mutuamente relacionados: la propia evaluación y la subsiguiente respuesta afectiva (positiva o negativa) al contenido de la misma.
Se pueden distinguir dos dimensiones básicas de la autoestima. La "autoestima general" se refiere al nivel global de aceptación o rechazo que una persona tiene de sí misma como persona. La "autoestima de competencia" se refiere a los sentimientos que se derivan de su percepción de poder y eficacia en las distintas áreas de actuación (intelectual, física, social, etc.). En la obtención del concepto de sí-mismo no basta con la sola percepción y objetivación del yo, ésta se completa con la consideración de las actitudes de los otros en la actividad social común. Observa cómo los otros son diferentes o similares a él mismo y categoriza después sus propias características.
En general, el desarrollo del autoconcepto a partir de las evaluaciones de los “otros” es más relevante en los sujetos que tienen mayor dependencia de los demás, sea por estatus social o por inmadurez biológica o psicológica, como es el caso de los niños. Durante los primeros años, las experiencias afectivas con los “otros” significativos (padres, compañeros, profesores, etc.) son los factores determinantes de la autoestima, con mayor valor de predicción que la propia competencia o eficacia en los distintos dominios o áreas de actuación. La autoestima en esta edad se basa, en gran medida, en la percepción que se tiene de la estimación de los otros. En este sentido, la familia, es clave para la formación del autoconcepto en el niño.
En resumen, el autoconcepto es un aspecto nuclear de la personalidad, mediador de las relaciones del hombre con su entorno. Es una realidad que incluye los pensamientos y sentimientos con respecto al sí-mismo, internamente consistente y relativamente estable, aunque con la posibilidad de estar sujeto a cambios. Actúa como filtro y organizador de la información y determina en cierto modo la conducta del individuo.
2.2.3 La capacidad de gestionar y controlar inteligentemente los impulsos y situaciones afectivas
El autocontrol puede entenderse como la capacidad de dirigir de forma autónoma la propia conducta. La autorregulación es un aspecto esencial del desarrollo humano que permite al hombre controlar la situación y no estar a merced de las demandas del entorno. Aquí tiene una importancia capital la educación. Nos enseña a "esperar" cuando las cosas no pueden obtenerse inmediatamente, "variar" las estrategias cuando estas no funcionan y "evitar" comportamientos inadecuados.
Control del estímulo
La base de la regulación emocional es la capacidad de demorar la acción ante el estímulo, en beneficio de un objetivo propio a más largo plazo. La fuerza de voluntad y la capacidad de sacrificarse por un objetivo futuro contribuyen al rendimiento personal. Esta capacidad puede desarrollarse y la educación resulta ser fundamental. Se ha estudiado cómo los niños resisten a la tentación. Se ha demostrado que cuando a los niños se les explica y proporciona una buena razón, aumenta la probabilidad de que resistan a tales tentaciones. Lo mismo sucede cuando se les enseña a desarrollar sus propios planes y estrategias. Otra forma de estudiar el autocontrol ha sido el retraso de la gratificación. Se les presentó a los niños, en una situación similar a la que frecuentemente encuentran en la vida diaria, la alternativa de obtener una pequeña recompensa inmediatamente o una recompensa mayor esperando. El tiempo de espera para la gratificación aumentó cuando los propios niños se daban autoinstrucciones (tengo que esperar...). También se demostró que cuando el objeto quedaba fuera de su vista los niños podían esperar más tiempo. Estudios longitudinales, en los que se analiza la conducta de los niños a través del tiempo, han mostrado, por otra parte, cómo las primeras capacidades para retrasar la gratificación pueden ser, a largo plazo, una forma de predecir el logro futuro.
Otra forma de controlar el estímulo es alterar la experiencia de la emoción que éste produce cambiando la situación inmediata o los procesos mentales que están asociados con esa emoción. En este sentido, para disipar la emoción hay que dejar de pensar gradualmente en el suceso que la provocó. Las emociones intensas, ya sean positivas o negativas, se desvanecen con el transcurso del tiempo. Es posible, sobre esta base, de forma intencional, acelerar el proceso de olvidar de forma deliberada el acontecimiento con carga emocional, dejando de pensar en él.
Finalmente, es posible controlar las emociones y no dejarse controlar por ellas, sino canalizarlas positivamente cuando se utiliza la energía desencadenada para desarrollar nuevas competencias que le permiten fortalecer su confianza en sí-mismo y la satisfacción del logro.
Su actitud positiva y emprendedora establecerá las condiciones esenciales para los futuros logros.
Superar la frustración
La frustración es una sensación de desagrado debida a un bloqueo u obstáculo en la obtención de deseos, metas o necesidades. El sentido de la acción impulsada desde la frustración puede encaminarse a la superación del obstáculo en sentido positivo (aportando mayor esfuerzo, generando nuevas estrategias, etc.) o negativo (agresión, abandono de la tarea, etc.). Existen para el niño múltiples causas de frustración (carencia afectiva, restricciones en la acción, rivalidad entre hermanos, mayores exigencias cuando empieza la escolarización, etc.). El papel de los padres es permanecer atentos porque la frustración puede expresarse de múltiples formas (evasión, falta de interés, rabietas y pataletas, agresividad). El adulto, así pues, ha de promover y colaborar para ayudarle a superar la frustración, proporcionándole apoyo, estrategias y motivación para la acción positiva y enseñarle el valor del esfuerzo para conseguir sus metas y objetivos.
A medida que los niños van avanzando en su desarrollo han de aprender a controlar su comportamiento, los episodios de llanto y enfados (pataletas) como respuesta a las situaciones de frustración. Poco a poco deben ir aprendiendo a soportarlas sin alterarse tanto y sin que se desorganice todo su comportamiento. Cuando el niño decide elegir la mayor gratificación, aunque conlleve más espera, acumula cierto grado de frustración. No obstante, la capacidad para retrasar la gratificación es paralela a la capacidad para tolerar la frustración.
Por último, la autoadaptación a las situaciones nuevas o de incertidumbre, conflicto, etc. y los problemas que plantea parece que mantienen una relación directa con otras variables contextuales. Los individuos que más se adaptan han sido educados en ambientes de comunicación y de autonomía, mientras que los menos adaptables provenían de ambientes conflictivos y ambivalentes.
2.2.4. La capacidad de comprender y entender los sentimientos de los demás
La importancia de la percepción del otro o empatía para la competencia emocional es indudable, pues ésta se desarrolla por la comunicación emocional en situaciones de interacción.
Consolar a otro cuando está triste es algo frecuente en la mayor parte de los niños alrededor de los 14 meses, de igual forma que los niños pequeños suelen acudir a los mayores en busca de consuelo. Esto tiene mayor oportunidad de suceder en familias donde hay un ambiente en que los niños mayores tratan con frecuencia de consolar a sus hermanos, no les importa compartir sus juguetes y no se pelean con ellos con frecuencia.
La compasión es un elemento de competencia emocional y resulta serlo también de la competencia social e incluso moral. En este último sentido, el modelo de perfección para el más alto desarrollo humano parte del budismo, es alguien "que ha puesto fin a su sufrimiento y a crear sufrimiento a los demás". De ahí, que la compasión se encuentre en los cimientos mismos del sistema ético.
La incompetencia emocional
Ante la auténtica crueldad de que son autores algunos niños, cabe preguntarse, ¿qué es lo que ha ido mal en el desarrollo de los niños que actúan con violencia?. El problema es muy complejo, sobre todo si entendemos que las causas sociales pueden hacer posibles o incluso inevitables los comportamientos humanos, la pérdida de valores, la depravación social y afectiva en el contexto familiar, la influencia de modelos violentos a través de la TV y otros ámbitos de socialización, no hay duda que suponen una carga para el desarrollo del individuo, generan miedo al fracaso y frustración, soledad y baja autoestima, decepción, rabia y agresividad. Componentes básicos, todos ellos, del comportamiento violento.
Pero, esto no significa que los afectados se conviertan, sin más, en agresivos y violentos. Aquellos que han aprendido a manejar las frustraciones, a tener compasión y, en definitiva, a ser competentes emocionalmente, no utilizarán la violencia para manejarse, ni siquiera cuando experimenten grandes fracasos o agresiones. Sin embargo, la evidencia experimental muestra, cada vez con más contundencia, que el comportamiento humano es un reflejo de lo que le acontece y no una consecuencia de sus impulsos innatos. El comportamiento violento y agresivo también se aprende.
Cuando la conducta agresiva es ridiculizada y reprimida en un grupo humano acaba por desaparecer, de igual forma que cuando constituye una forma eficaz de manejar la situación se potencia y es cada vez más frecuente. El ser humano, contando con unas potencialidades de ser agresivo, amar o hablar, se desarrolla en contacto con la cultura y el grupo social en que vive, y en virtud de los modelos y las condiciones de vida a que se ve expuesto organizan su conducta. Los niños pueden ser selectivamente criados en medios que fomentan la violencia o la competencia emocional a través de los valores y estilos de vida que viven en sus entornos más cercanos: la familia, la escuela, el grupo de iguales, etc.
En contextos no agresivos el niño, desde muy pequeño, aprende que es más eficaz expresar lo que quiere a través del lenguaje que agrediendo; desde ese momento habla y no agrede. La agresión continua es en la mayoría de los casos una respuesta a la experiencia de rechazo, frustración o agresión que proporciona al individuo un medio hostil. Experiencia pasadas, junto a modelos sociales, enseñan a los niños que la violencia y agresión constituyen medios eficaces de manejar la situación. Se ha comprobado que la agresividad de los niños surge con frecuencia de sus interacciones con padres y hermanos. Los padres de niños agresivos suelen utilizar un estilo familiar coercitivo, una disciplina de afirmación de poder, con castigos físicos y ausencia de explicaciones verbales y razonamientos. Para los teóricos del aprendizaje social, estos datos sugieren que los padres sirven de modelo de conductas agresivas para sus hijos, los cuales imitan lo que ven. Estas familias suelen caracterizarse por adoptar en su conducta la censura, la riña y la amenaza. Sus relaciones son poco amistosas y cooperativas y altamente hostiles y negativas. Los niños a su vez, suelen desobedecer, importunar y molestar a los padres. Se frustran unos a otros y los hermanos regañan y se agreden entre sí. De esta forma, tanto padres como niños terminan utilizando la agresión para controlarse unos a otros y para intentar conseguir lo que quieren. Los niños que aprenden esta forma de interacción en casa y no tienen otras posibilidades de aprender conductas y habilidades más positivas, transfieren y muestran esa agresividad en otras situaciones y, con frecuencia, acaban manteniendo formas graves de conducta antisocial.
Los padres, en los entornos violentos, según la evidencia experimental, suelen tener creencias sesgadas negativas acerca de las características de sus hijos, tienden a verlos menos inteligentes, más problemáticos, agresivos y desobedientes. Comprenden mal las necesidades afectivas y motivaciones de los niños, reconocen mal sus expresiones emocionales; responsabilizan más a los niños por su conducta negativa y les atribuyen frecuentemente intenciones de comportarse negativamente. Tienen una mala comunicación y escasa cohesión familiar. Asimismo, despliegan una menor empatía, no se ponen en el lugar de los niños, manifiestan poca compasión y en términos generales les conmueve poco el llanto infantil.
La cría humana se caracteriza por la inmadurez con la que nace, ha de aprender unos modos de conducta que le permitan la adaptación al medio. Los niños necesitan aprender a expresarse en los términos agresivos o afectivos del contexto, aprenden a sobrevivir en ese medio, tener un lugar y que se les considere como integrantes del grupo. Aprenden también si la acción violenta tiene ventajas y es eficaz para manejar la situación. Así, por imitación, tienden a resolver los conflictos por medio de la violencia, ya que no disponen de modelos de comportamiento constructivo para poder manejar su indignación. Sus propias experiencias les confirman que utilizando la violencia se alcanza el objetivo. Los acontecimientos frustrantes desencadenan en ellos la necesidad de pegar o golpear a otros más indefensos, porque no han aprendido a superar la frustración de forma socialmente positiva. Al no experimentar en la primera infancia amor y protección suelen tener problemas de autoestima. Su confianza en sí mismos y en los demás es escasa, lo que les impide, además de enfrentarse a la vida con valor, establecer lazos afectivos estables.
Ref.: Petra María Pérez Alonso Jeta
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